Diego Argentina Maradona

Andrés Cantor
viernes 27 de noviembre 2020

Antes del fútbol de Play Station, que tiene tanto éxito entre los jovenes porque se asemeja mucho al verdadero que se juega por la tele, había otro fútbol. Tan imperfecto como Maradona. Las nuevas generaciones heredaron de nosotros lo que significó Diego en nuestras vidas, y los descoloridos videos de You Tube, y las cientos de miles de crónicas de su vida en Google no alcanzan para asimilar el impacto de quienes lo vivimos y lo sufrimos.

Hay un pueblo futbolero global que lo disfrutó, y está el argentino. Porque Diego fue argentino y era Argentina, todo a la misma vez. Su vida fue la dicotomía andante de lo que el país quiere ser y no puede, y cuando lo intenta se boicotea y cuando parece que se levanta, vuelve a caer. Diego, adentro de una cancha nos representó a todos los argentinos con su magia y nos dividió fuera de ella. Como siempre le hicimos caso cuando dijo “yo no quiero ser ejemplo de nadie,” y como hemos aprendido a vivir en un mundo tolerante, dejamos que su manera de pensar, sus falsos amigos, sus dislates permanentes, su memoria (prodigiosa hasta el último día) pero selectiva por las imagenes que él mismo imaginó de su vida de película, no nos hicieran daño. Nunca, jamás, por mas que algunas de sus actitudes nos causaran rechazo, nunca fueron capaces de torcer lo que Diego nos regaló en las canchas del mundo. Nunca. En definitiva hizo todo lo que quiso y siempre murió con la suya, podrá haber errado sus amistades, equivocado los caminos, todo lo que Ud. quiera, pero como pocos fueron los que pudieron torcer su rebeldía y su voluntad, también habrá que respetarlo por haber defendido sus ideales hasta la muerte, así tengamos otra visión de la cosas.

Diego para el mundo fue acaso el mejor futbolista de todos los tiempos. Para los argentinos fue mucho más que eso. Y el por qué no le será ajeno a ningún pueblo luchador, soñador, pero resonará más entre los compatriotas, aquellos que sean sinceros, que no tengan doble moral ni sean políticamente correctos. Todas esas nuevas palabras y expresiones como las que le quieren imponer al fútbol.

Diego fue un super héroe imperfecto. Demostró que el “sueño argentino” también existe. Que alguien con mucho esfuerzo y superación pueden salir del barrio más humilde y llegar a la cima. Fue la esperanza para millones de personas como él, que parecían lograban levantarse hasta que el país mismo los volvía a tumbar. Él jugaba y representaba todo lo que los argentinos querían ser y no podían, y tuvo actitudes en situaciones límites lejos de las de un divo, las mismas que hubiera tenido cualquier argentino de a pie sin la careta puesta. Eso lo convertía en un héroe terrenal.Si el gol con la mano se lo hubiera anotado a Corea, la discusión sería otra. Pero se lo hizo a los ingleses, que cuatro años antes casi nos sacan del mapa, por culpa nuestra que quede claro, pero cuya supremacía belica y arrogancia para ir a buscar unas islas perdidas, dejó mella y dolor en Argentina. Por eso, lejos de justificar la trampa, ese gol tuvo un valor y un sabor distinto. El de revancha, tuvo el sello de su irrepetible picardía, en definitiva fue un gol tan condenable como tantas trampas que suceden a diario en la vida cotidiana del país por lo cual el argentino lo asimiló distinto, lo aceptó y tal cual fue y lo celebramos más por contra quien fue.

No hace mucho tiempo en Argentina el fútbol no atraía la mirada de la clase alta, es más, era despreciado por un sector que miraba para otro lado. La magia de Diego cambió ese paradigma también. No habrá faltado alguna señora coqueta tomando el té en taza de porcelana que se escandalizó cuando ante los silbidos al himno argentino y en primer plano Diego llamó hijos de puta a los italianos que ofendían nuestra bandera. Pero intimamente todos gozaron con él. Solo lo condenaron los de doble moral que insultaron igual que él sin que nadie los viera.

Hay tantas analogías que se pueden trazar entre la vida de Maradona y la de Argentina que asusta. Cayó a lo más profundo y se levantó siempre. Se reinventó y volvió a caer, a pesar de tenerlo todo, como el país, despilfarró muchas de sus bondades. Su vida fue tumultuosa, contradictoria, nadie más que él padeció la vida de Maradona, que no fue fácil.

Hoy los pibes tienen de ídolos a muy buenos jugadores que se auto promocionan luciendo sus abdominales, sus yates o sus aviones privados. Diego jugó, vivió y trascendió en el mundo entero cuando la TV a colores todavía era nueva. Jugó al fútbol mejor que nadie en campos imperfectos, a veces con cráteres que hacían imposible el control de la pelota para cualquiera menos para él. Jugó en una era donde se permitía pegar, y le pegaban más que a ninguno porque así se jugaba. Y hasta tuvo la enorme capacidad gracias a un físico priviliegiado de esquivar patadas que hubieran terminado con la carrera de muchos. Esos futbolistas hoy no existen.

Diego fue Argentina. Fue por un tiempo el hombre más famoso del planeta y aún desde lo más alto se mostró de carne y hueso, terrenal, al alcance de todos. Estaba en el balcón de La Rosada o en la esquina de La Habana y Segurola. Nunca se refugió en un palacio ni se escondió de nadie. Todo lo contrario, lo expusieron tanto que le hizo mal.

Su imperfección era la nuestra, por eso los argentinos nos sentimos tan identificados con él, porque nunca fue ejemplo de nada ni de nadie, porque los héroes de las películas existen solo en el cine y él estuvo siempre ahí, haciendo feliz con una pelota a un pueblo hecho pelota. Nos hizo disfrutar del juego como nadie, nos hizo creer invencibles y nos mostró su lado más vulnerable en su viaje por la vida. Una vida imperfecta, feliz, dolorosa, angustiante, esperanzadora. Como la del país. Como la suya, como la mia.
Diego fue orgullosamente argentino, paseó su argentinidad por el mundo. Le permitió a los argentinos sentirse orgullosos, escapar un rato de las miserias cíclicas de los gobiernos de turno, ser felices. El fútbol no lo es todo en la vida de los argentinos pero influye lo sufuciente, nos marca estados de ánimo, nos invita a soñar, nos acerca y nos divide, pero cuando jugaba Maradona con la selección no había grieta que aguente.

Por eso Diego, gracias, muchas gracias. Y que sean eternos tus laureles

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