¿Y ahora qué?

Andrés Cantor
Lunes 24 de julio 2017

Cuando la Federación Mexicana de Fútbol contrató al colombiano Juan Carlos Osorio, la persona encargada de convencerlo, de gestionar con el Sao Paulo su salida fue Guillermo Cantú, quien conjuntamente con Santiago Baños manifestaron en todo momento conocer las formas de trabajo del colombiano y confiaron en él para que lleve a México a otro nivel. Siempre se supuso que ese supuesto salto de calidad por el cual apostaron por Osorio estaba emparentado con el quinto partido del mundial, al cual clasificará con el mismo mérito de todos los demás entrenadores que hace décadas, bien o mal, logran meter al Tri en la Copa del Mundo.

Pues bien, con la Copa Oro, la selección de Osorio ha disputado tres torneos oficiales. En las tres competencias el denominador común han sido las rotaciones, y sobre todo, en las últimas dos, al cambio de jugadores hay que agregarle el cambio de posiciones de los que terminan jugando. Como en el fútbol todo pasa y pasa muy rápido es bueno a esta altura y tras el fracaso en Copa Oro, recordar el desempeño de México en cada certamen.

En la Copa América Centenario le ganó muy bien a Uruguay jugando acaso los mejores 45 minutos en la gestión del colombiano; hizo cambios contra Jamaica a la que venció sin convencer; y empató a diez del final contra Venezuela con un gol de otro partido de Tecatito Corona. El Tri pasó como líder del grupo por diferencia de gol sobre la Vinotinto. Después vino la debacle del 7-0 contra Chile que uno pensaba haría cambiar al técnico su convicción de rotar de un juego a otro incluso hasta el arquero.

En la Copa FIFA Confederaciones, México jugó un partido aceptable contra Portugal, empatando el juego con el cabezazo salvador de Héctor Moreno sobre la hora. Vino el olvidable partido contra Nueva Zelanda. El Tri jugó mal porque el técnico en vez de consolidar su equipo volvió a sentar a la mayoría de los que habían jugado en el debut. No lo perdió porque el rival fue Nueva Zelanda, pero aún mejorando en el segundo tiempo producto de un cambio de sistema, el equipo jugó mal. Rusia mereció al menos empatar el tercer partido de la fase de grupos, superó a México en el juego pero no en el resultado. Más rotaciones y otra goleada en contra, esta vez contra Alemania. Los partidos por el tercer puesto hay que tomarlos con pinzas, no se pueden analizar juegos en los que se juega a otra intensidad, con otra motivación o con falta de ella. Como sea, México lo perdió contra Portugal que ya no tenía a Cristiano Ronaldo.

México en la Copa Oro presentó una selección tan B, como la B de Alemania que se coronó campeón tras vencer al campeón de América. Pasó sobresaltos en el debut contra El Salvador, cambió todo el equipo y a pesar de tener la altitud de Denver como aliada, no le pudo ganar a Jamaica. Sí a Curazao en un partido que debió empatar y en el que el arquero Corona terminó siendo la figura de la cancha. Contra la débil Honduras, que no anotó un solo gol en el torneo, no supo cómo cerrar el partido y terminó pidiendo la hora. Y contra Jamaica, Osorio hizo menos cambios de jugadores pero insistió en poner futbolistas fuera de sus posiciones habituales teniendo especialistas para cada función. Pasó lo que tenía que pasar.

México, hasta ahora y en este proceso, no ha logrado dar el salto de calidad por lo cual se supone han contratado al colombiano. Su gestión a partir de la preparación e implementación durante estos torneo cortos ha quedado en evidencia. Cualquier crédito que pueda haber tenido por los resultados a favor está perdido. Los resultados conseguidos han sido engañosos porque es una zona en donde el Tri debe mandar, y en donde juega más que cualquier otro sobre todo amistosos contra rivales inferiores que ayudan a inflar las estadísticas a favor pero no sirven para medir el verdadero techo futbolístico del equipo.

Pero las competencias oficiales, dos de las tres fuera del ámbito de Concacaf, han dejado expuesto a Juan Carlos Osorio. Su equipo no funciona, gana jugando sin convencer, y ha perdido todos los partidos claves a la hora de la verdad. Por eso la pregunta del título es inevitable: ¿Y ahora qué?

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