Una noche en el Azteca

Edgardo Broner
Lunes 29 de enero 2018

Bruno Valdez se elevó más que los defensores y su formidable cabezazo se metió en el ángulo, lejos de las manos de Toselli. En el gol con el que América superó a Atlas en el Azteca surgieron las imágenes del impecable frentazo de Pelé ante Albertosi y el de Jose Luis Brown frente al desconcertado Schumacher, cuando se levantaron dos Copas del Mundo en el conmovedor Coloso de Santa Úrsula.

Los visitantes de Ciudad de México pasean con el asombro que genera su inmensidad con la riquísima historia que aparece a cada rato. Los futboleros se detienen en el Museo de Antropología frente al balón del prehispánico juego de pelota, sonríen cuando pasan por la Ciudad Universitaria de Pumas y mientras los ojos de los demás observan la Plaza de Toros, ellos miran para el otro lado, donde está el estadio Azul.

Pero el objetivo apunta al sur, donde emociona encontrarse con el Azteca. En su medio siglo de vida, se jugaron allí dos Mundiales espectaculares, con la firma de los más grandes del fútbol.

El viaje en metro anticipa el ambiente entre la multitud que marca el camino. Quienes llegan en otros vehículos los encuentran en los innumerables puestos de venta, que se aglomeran hasta encontrar la entrada, adelantada por la impresionante estructura. Con voces que compiten para ser escuchadas más fuerte, se ofrecen los más variados recuerdos y comestibles.

Todos pasan por los molinetes y los controles de seguridad antes de distribuirse hacia los distintos sectores. Con antecedentes de 120 mil espectadores, hoy se dispone de 87.500 lugares, además de los de los palcos o suites.

Una vez adentro, los productos oficiales se ofrecen solos, con todo lo imaginable en colores americanistas en una tienda enorme. El formidable diseño hace muy fácil el acceso y también el desalojo.

Los delanteros corren acompañados por Gerd Müller y en cada jornada está presente el partido del siglo, cuando Italia le ganó 4-3 a los alemanes en la semifinal del 70, con una placa recordatoria. Todo pitazo inicial asegura una fiesta. Si un balón cae en el área, aparece la tijera de Manuel Negrete con su golazo también de placa en el 86 frente a Bulgaria.

Quien arranque con pelota dominada y atraviese la mitad del campo, se siente guiado por las huellas de Maradona desparramando toda la resistencia inglesa. Y hasta alguna mano recibirá el guiño cómplice del juez si parece un cabezazo y termina acariciando la red.

Quien prueba desde afuera del área, se siente Gerson o Rivelino, acompañado por Tostao y sabiendo que Jairzinho estará con la mira en el arco, siempre desmarcado. En las 18, se mueve Hugo Sánchez junto a Gary Lineker, que recuerda que se puede ser crack sin haber visto jamás una tarjeta amarilla. En ese mismo escenario se usaron por primera vez las cartulinas, un invento de 1970 inspirado en los semáforos para que el público supiera quiénes eran los amonestados. Y la primera transmisión vía satélite de entonces dejó los ojos del planeta atentos a cada jugada.

Agustín Marchesín respondió bien en el arco en el que el inglés Gordon Banks hizo la atajada más recordada. En el segundo tiempo entró el francés Jeremy Menez sabiendo que por muy poco no jugó allí Platiní, con un equipo sensacional que era favorito ante Alemania para llegar a la final del 86.

América le ganó a Atlas por la mínima diferencia, con goles de Bruno Valdez, Pelé, Maradona, Müller, Jairzinho, Valdano, Rummenige, Rivelino, Burruchaga, Rivera y Riva. Una fiesta maravillosa.

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