Rotar para flexibilizar

Daniel Chapela
Lunes 5 de junio 2017

Uno de los sellos distintivos en la gestión de Juan Carlos Osorio al frente de la selección mexicana han sido las rotaciones. Fue ese el elemento esencial de cuestionamiento cuando, tras la estrepitosa caída ante Chile en la Copa América Centenario, se puso en duda su continuidad. De allí que el concepto, defendido y sostenido por el entrenador colombiano, derive en factor de crítica constante por transgresor y poco común.

Osorio mantiene que en la amplitud de la base y la polifuncionalidad de los elementos a disposición radica la base del éxito en su ideario. Esto, que aplicó con notable acierto en su paso por el Atlético Nacional de Medellín, resultó rompedor al tratarse de una selección nacional. Los tiempos de trabajo, las escasas horas de entrenamiento y convivencia, unido a la consolidación de sistemas y estilos, atentaban contra el buen destino de esta manera de hacer.

El transcurrir del proceso le ha ido otorgando crédito, si bien la lectura de sus decisiones sigue estando muy condicionada por un entorno que fiscaliza con lupa cada uno de sus pasos. Y que, en buena medida, entiende poco la naturaleza de una conducción que pretende instaurar las dinámicas propias de un equipo en un combinado nacional.

Pero allí están las evidencias que cargan de razón al preparador colombiano. Aunque con un andamiaje definido de futbolistas con continuidad en Europa, México dispone hoy de un conjunto de ejecutantes capaces de interpretar su idea de juego y fluir sobre distintas estructuras y modelos. Muchos de ellos se ganaron un lugar en partidos amistosos fuera del calendario FIFA, lo que de nuevo sustenta los argumentos de Osorio respecto a la ampliación en los llamados y la optimización de los lapsos de trabajo efectivo.

La flexibilización va ganando un terreno que se abona con horas de entrenamiento. Los jugadores transitan por diferentes esquemas que pueden cambiar de un partido a otro, o que varían incluso en el trámite de un mismo compromiso. Con algún matiz que ocasionalmente altera el análisis (como el equipo del primer tiempo del reciente test contra Croacia) en general hay un funcionamiento identificable que trasciende a los intérpretes. Y eso está vinculado estrechamente a la entrada y salida de nombres que acuden en cada llamado, cuya permanencia tiene mucho de cadena darwiniana: los más aptos sobreviven y quedan apeados quienes no sostienen una línea evolutiva.

La característica de los rivales condiciona en mucho las decisiones de Osorio al momento de diseñar la forma idónea de encararlos. Es a partir del estudio del oponente, contrastado con las señas propias, de donde nace la elección del sistema, la estrategia y los elegidos para trasladarlas a la cancha. Si el espectro de escogencia es amplio, mayores las posibilidades y registros. De allí que convenga aceptar, de una vez por todas, que en las rotaciones está el núcleo argumental de este seleccionador nada convencional.

Luego está el descubrimiento y desarrollo de las potencialidades del futbolista para ensanchar el abanico de variantes, como parte de esa búsqueda de versatilidad. Esto justifica el movimiento funcional y posicional de jugadores que pasan de una demarcación a la otra. Miguel Layún como lateral izquierdo o derecho, carrilero o volante; Carlos Vela como extremo por cualquiera de los dos perfiles, mediapunta o interior; Giovani Dos Santos como puntero, interior o mediocentro, y así innumerables ejemplos que describen el paso de Osorio por el representativo mexicano.

Los resultados serán la medida de Osorio, como ocurre con todos los entrenadores del mundo. La clasificación al Mundial de Rusia, una buena performance en la Copa Confederaciones y la ratificación de poderío, aun con la segunda caballería, en la Copa Oro, obrarán como parámetro de idoneidad. Hasta las mejores ideas requieren ser convalidadas en la competencia.

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