Que lo sigamos contando

Daniel Chapela
Viernes 16 de marzo 2018

Para los futboleros, los hechos más significativos de la vida están vinculados con todo aquello que pasa en ese período de cuatro años entre cada Copa del Mundo. Las primeras evocaciones de la infancia pueden encontrar un ancla en el mar inabarcable de la memoria y bajar hasta el fondo de los recuerdos para encontrar un viejo aparato de televisión en blanco y negro, un poster color sepia sobre la puerta del closet o un álbum de figuritas, gastado de tanto manosearlo.

El futbolero hurga en imágenes perdidas que se llenan de sentido con la mención de un gol. Esa pelota que entra, sobredimensionada por la fantasía de una remembranza interesada, abre la reja de las evocaciones y, de golpe, sin orden ni concierto, se acumulan los cuadros: los compañeros de colegio, el patio que se convierte en un estadio y los envases de cartón que en las cabezas infantiles tienen el aspecto del Tango mundialista. Las salidas familiares de las que comienzas a separarte porque hay partido y porque el tiempo lleva días, semanas suspendido en un limbo donde las horas son menos horas y nada se mide desde lo convencional.

Y van pasando las copas. En aquella eras un niño. En la siguiente, casi un adolescente. Llegas a la adultez y de pronto la ilusión se convierte en oficio. La esencia no cambia. El Mundial te sigue marcando la ruta. La de la vida y la del trabajo. La de los sueños que apuntan al mismo lugar y se renuevan cada 48 meses.

Todos los involucrados en la fiesta tienen ese hilo en común. Jugadores, técnicos, árbitros, directivos, periodistas… Alguna vez ellos también ocuparon esa dimensión ensoñadora de lo inalcanzable y muestran como medallas de guerra el número de mundiales a los que asistieron. Son una muestra de estatus. Te distinguen en el planeta. Te hacen parte de una cofradía.

La tecnología es otro punto de referencia, en especial para quienes tienen la maravillosa labor de transmitirlo al mundo. Un gancho acaso más poderoso para establecer los espacios temporales que el propio calendario. Así, México 86 fue el mundial del télex. En Italia 90 el fax era lo que marcaba la vanguardia. Cuatro años después, en Estados Unidos, aparecieron los primeros celulares. Y fue en Francia 98 cuando el Internet pasó a ser una herramienta fundamental para el trabajo periodístico. Lo que vino después fue casi una avalancha comunicacional: de los teléfonos inteligentes al Wi-Fi. Del Twitter a la masificación de las redes sociales y su inmediatez.

Allí está la vida, resumida en esos eventos que organizan todo aquello que nos interesa. La nostalgia de cada final apenas se prolonga hasta que la perspectiva del porvenir da una nueva vuelta y se renuevan los votos para volver a transitar el mismo sendero, que no por conocido deja de ser mágico.

Rusia 2018 está a 90 días vista. Tres meses hasta que se reabra la puerta y entremos, movidos por una intensa pasión, a esa tierra prometida que habla un idioma universal y nos lleva de la mano hasta el centro de ese espacio atemporal donde a la vez somos niños, adolescentes, adultos, hinchas, profesionales.

Que la pelota nos lo deje vivir. Y que lo sigamos contando.

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