Polifuncionalidades forzadas

Daniel Chapela
Lunes 5 de febrero 2018

En días recientes, Pep Guardiola ofreció una reflexión respecto al concepto de la polifuncionalidad en el fútbol que sirve para analizar el modelo de gestión de Juan Carlos Osorio como conductor de la selección mexicana. El técnico del Manchester City habló de “intuición” del preparador para detectar características en el futbolista que le permitan adaptarse a otras posiciones. Y añadió que siempre resultaría más sencillo convertir a un mediocampista en defensor o a un extremo en lateral, que seguir el camino inverso.

Guardiola ha sido un paradigma en la metamorfosis funcional de muchos de sus dirigidos. A Javier Mascherano lo transformó en un sólido central. De Philip Lahm hizo un prodigio, el jugador total por antonomasia, que bien podía ser lateral, mediocentro, volante ofensivo o extremo. A Pablo Zabaleta lo ubicó como interior o pivote en su campaña de estreno en el City y, más recientemente, aprovechó las virtudes de Fernandinho para moverlo desde su posición de cinco a la de interior o la de zaguero central con magníficas prestaciones.

Juan Carlos Osorio ha pregonado el concepto hasta la saciedad desde que asumió las riendas del Tri. En la práctica ha exprimido la idea con resultados dispares. Si bien tuvo éxito con elementos como Jesús Gallardo, a quien ha utilizado como extremo o lateral por el sector izquierdo, o como Edson Álvarez, quien en su mejor momento de forma respondió a buen nivel en los roles de zaguero, lateral o mediocampista de contención, la norma ha sido la contraria: la búsqueda constante de la versatilidad expuso más de lo deseado a determinadas piezas, sin que de ellas haya surgido, en esta demarcación novedosa, un talento no expuesto antes.

Allí están algunos ejemplos para argumentarlo. Oswaldo Alanís, solvente defensor central con perfil zurdo, derivó en un lateral izquierdo discreto, de escasa proyección y dificultades en los cierres. Se ha empeñado en desplazar a Diego Reyes de su posición natural de zaguero al lateral derecho o como cabeza de área, funciones que rebajan sus capacidades y exponen sus carencias. Más recientemente, en el amistoso disputado contra Bosnia y Herzegovina en San Antonio, colocó a Elías Hernández, un volante externo con alma de puntero, como mediocampista interior. El balance no pudo ser más negativo.

El entrenamiento, el día a día de prácticas y contacto, agudiza esa intuición de la que hablaba Guardiola y permite al estratega encontrar en sus jugadores rasgos técnicos y funcionales que deriven en nuevas posiciones. El modelo de juego, y su ensayo constante, va generando también sinergias y sociedades en la cancha que complementan el proceso de maduración en la relación DT-futbolista. Y el diálogo, esas sensaciones que permiten al líder obtener de su dirigido la información necesaria para saber cuán dispuesto está y cuán capaz se siente de ejecutar aquello que visualiza para generar un mejor funcionamiento colectivo.

Un entrenador de selección puede conseguir estas relaciones y ponerlas al servicio de una idea en el largo plazo. Pero no es la competencia misma, precisamente, el banco de pruebas para medir capacidades que no hayan sido suficientemente contrastadas en las prácticas. Justo aquello de lo que más adolecen los conductores de equipos nacionales.

El punto central en la discusión sobre el ciclo Osorio se centra en este aspecto: la obcecación por la polifuncionalidad. A estas alturas del proceso, las estadísticas no pueden ser más el contraargumento ante la falta de una puesta en escena clara y afinada. Alcanzados los objetivos deportivos mínimos que se le exigían, al seleccionador le corresponde ahora dar ese salto cualitativo que demanda estar al frente de una generación competitivamente privilegiada.

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