Miserias

Andrés Cantor
Lunes 26 de noviembre 2018

Nos la vendieron como “la final del mundo”. Y casi todos compramos. Y digo casi, porque para los fanáticos de Boca y River bien pudo haber sido la final del fin del mundo. Porque esa era la sensación que privaba entre los hinchas de ambos clubes presagiando una eventual derrota. Pasó lo que pasó y a partir de los sucesos nos vamos dando cuenta de nuestra ingenuidad al pensar que estábamos ante el partido de clubes más hermoso en la historia.

Detrás del mismo van saliendo a la luz todas las miserias juntas. Aun no hay pruebas, pero desde el presidente de la Nación Mauricio Macri, hasta las autoridades encargadas de la seguridad, manejan la teoría que lo sucedido no es más que una vendetta del principal barra brava de River a quien le confiscaron entradas para la reventa y alrededor de ciento cincuenta mil dólares, entres varias cosas. Sabemos que en Argentina nunca hubo voluntad política para erradicar a estos personajes que escudados en los colores de los clubes aprovechan para hacer todo tipo de negocios ilícitos. No actúan solos. Se sospecha que, coludidos con algunos dirigentes, tenían esas entradas en su poder para la reventa, y una vez perdidas, con la policía para que libere la zona (es decir que dejase de custodiar como corresponde el lugar por donde pasaría el autobús con los jugadores de Boca). Esa es la hipótesis que se maneja por ahora y que habla de un ataque premeditado, orquestado por alguien y ejecutado por otros. Desconozco si el objetivo final fue detener el partido o solo alterar el orden. Como fuere, consiguieron lo que buscaban. Miserias.

En el medio quedó expuesta la falta de sentido común de todos los actores. Quién en su sano juicio podía pensar que la final del mundo se podía jugar tras tener pruebas irrefutables de lo sucedido. Sin embargo, con sesenta mil almas inocentes adentro del estadio, fueron dilatando la única decisión posible. Mientras, Pablo Pérez, capitán de Boca, salía en ambulancia rumbo a un hospital bajo otra lluvia de piedras.

En el dislate no se tuvo en cuenta ni a la gente, menos a los jugadores, a nadie. El partido se pasaba para el día después.

El domingo por la mañana, el capitán de Boca seguía afectado de un ojo y sin embargo se anunció la realización del partido y se le autorizó a River a abrir las puertas de su estadio. Una hora después el presidente de la Conmebol anunció por televisión que el partido se volvía a suspender. Otra increíble falla de coordinación, de criterio, de una clara señal que a esa altura lo que se quería era sacarse el partido de encima lo antes posible.

Este impensado marco de la final le abrió la puerta a otro partido. El que se jugará en los escritorios de Asunción. A partir de ahora es ojo por ojo, diente por diente. Boca nunca se pudo reponer de la actitud de los dirigentes de River que en 2015 pidieron ganar aquel partido semifinal de esta misma copa suspendido al medio tiempo en la Bombonera porque un imbécil lanzó gas pimienta en la manga por donde salían los jugadores visitantes. River hizo el reclamo de los puntos y los ganó. Ante aquello, Boca ve la posibilidad de empatar en el escritorio, de resarcir moralmente a su gente, aún existiendo un espurio y poco vinculante documento firmado de apuro por los presidentes en algún despacho del Monumental el sábado por la tarde donde se comprometían a disputar el partido en igualdad de condiciones.

Me deja la sensación que todo lo que está pasando y lo que pueda pasar le sentará bien a ambas aficiones. Es un paliativo a la eventual angustia ante la derrota, siempre y cuando el partido se lleve a cabo, claro, y haya un campeón en la cancha.

Tome la decisión que tome Conmebol saldrá perdiendo. En esta, le cabe la analogía esa que dice que el buen árbitro es el que menos se equivoca. Ojalá los directivos estén iluminados. Pase lo que pase la decisión que tomen no será la mejor, sino la menos mala.

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