Messi y el VAR

Andrés Cantor
Viernes 19 de abril 2019

He llegado a la conclusión que Messi y el VAR tienen mucho en común para mí. Intentaré explicarme porque necesito esta catarsis escrita.

Los dos me provocan un horrible sentimiento de profunda traición. A Messi lo disfruto, veo todos sus partidos en Barcelona, le estudio cada uno de sus movimientos y el tipo me deslumbra, me enloquece, lo disfruto cada fin de semana. Me llena tanto el ojo que cuando veo otro partido me parece que los demás juegan a otra cosa. Pero esos partidos del Barça para mí no tienen ningún sentido de pertenencia. Los veo como la mayoría, por amor al fútbol, porque por lo general hay espectáculo garantizado. Y en esos juegos no pienso tanto en Diego, al que disfruté como a nadie porque el debate de todo lo que ganó Messi con su club y todos lo récords que ha batido y seguirá batiendo, no me van ni me vienen emocionalmente. Me alegro por él, claro, porque se lo merece y me alegro que sea argentino.

No sé si será porque los títulos europeos son eso, europeos, ni más ni menos importantes que los nuestros, o si será un mecanismo de auto defensa, pero al Messi europeo lo disfruto cada vez más lo que me provoca la sensación que estoy traicionando un poco al Maradona que yo vi. Que en su época, él solo hizo ganar a un humilde Nápoli y ni que hablar lo que significó en la historia de la selección.

En sus días, las competencias europeas tenían casi nula difusión (Italia acaso haya sido la excepción), y como ahora la Champions es un evento mundial parecería que solo por eso es más difícil las competencias de ahora que las que se jugaban en la era de Maradona. Ahora, cuando veo los partidos que juega Messi y en los que se involucran los sentimientos, su falta de logros grupales no hacen más que agrandar la leyenda de Diego y el Messi de selección se encarga de quitarme ese sentimiento de traición por quererlo tanto los fines de semana. ¿Es posible disfrutarlos a los dos sin sentir culpa? Supongo que sí, pero por ahora, a la hora de la verdad, uno solo me ha tocado el corazón.

¿Y que tiene que ver el VAR con Messi? Me produce la misma sensación de traición al juego imperfecto que más amo, al que le he dedicado la vida, ese que es como decía Dante Panzeri la “dinámica de lo impensado.” El VAR tal como existe hoy hace justicia a medias. Solo en aquellas jugadas irrefutables, aquellos fallos fácticos y no de apreciación es que puedo estar de acuerdo con su uso. Me parece fantástico que el VAR corrija errores groseros, muy groseros: el gol que clasificó a Panamá en el último mundial; las manos de Maradona y Henri y así más. Pero siento que se traiciona la esencia del juego cuando los partidos empiezan a ser teledirigidos por los teletubbies. Los ángulos de las cámaras, los movimientos en tiempo real y las ínfimas infracciones no pueden ser juzgadas por una cámara lenta en 4K.

Para todo hay un contexto. Y si se sospechaba antes de algunas decisiones en el campo, hasta aquí el uso arbitrario del VAR ha disparado las mismas sospechas. El fútbol es un deporte de roce, de centímetros y tampoco me parece justo que el VAR se utilice en cuatros instancias nada más, porque las mismas jugadas que se cobran con la tele en la mitad de la cancha se pasan por alto y a veces, también inciden. De todos modos, mi aceptación parcial del VAR me hace sentir un poco que estoy traicionando el fútbol de la picardía, el de “hoy les tocó a ellos, mañana nos tocará a nosotros.”

El juego imperfecto en el que fallan los arqueros, los defensores, los volantes y los delanteros y en el que es lógico también fallen los árbitros. Me alegro que se haga justicia con los gruesos errores que se le puedan pasar a un juez o su asistente. Para todo lo demás, dejemos el juego como estaba. Si llegó hasta acá siendo el deporte más popular del mundo -con todas su imperfecciones- por algo habrá sido. No arreglen algo que no está roto, no posterguen las emociones espontáneas en emociones de Ripley. El fútbol y el verdadero fanático del fútbol no lo necesitan. No traicionemos a nuestro querido fútbol.

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