Madrid ni en sueños

Edgardo Broner
Lunes 21 de agosto 2017

Si el 16 de diciembre, en Abu Dhabi, Real Madrid no se consagra campeón mundial de clubes, se habrá producido una de las hazañas más grandes de la historia del fútbol. El espectacular comienzo de la temporada merengue confirmó un nivel inalcanzable para los demás continentes.

Al discurso siempre le cabe el argumento de que en el fútbol son 11 contra 11, como la motivación para crecer en una oportunidad única. El sueño siempre existe, agigantado ante tal desafío, y se aferra a que el balón demuestra a cada rato que no hay imposibles. El antecedente del milagro acariciado tiene menos de un año, cuando Kashima Antlers estuvo a un paso de acabar con todos los principios de la lógica frente al equipo de Zidane.

El Mundial de Clubes evidencia las diferencias agigantadas entre las camisetas europeas y el resto, lo que invita a reflexionar revisando la historia desde 1960. La economía y la reglamentación se conjugaron para generar desequilibrios. Los compradores de estrellas se enfrentan con los desmantelados y el fútbol maravilloso todavía permite jugar con ilusiones.

Desde hace 22 años está vigente la ley Bosman, a partir del jugador belga que reclamó por el impedimento para trabajar en otro país. La disposición permitió contratar sin límites en la Comunidad Europea. Comenzaron a verse equipos con 10 integrantes de otras nacionalidades. Y quienes podían comprar a los mejores del planeta tenían la única limitación de la chequera.

La Copa Intercontinental enfrentó a los ganadores de la Libertadores con los de la vieja Champions desde 1960 hasta 2004, con un título más para Sudamérica. Cuando se mudó a Japón en 1980, las cinco primeras finales fueron para nuestro continente. De las últimas 10 de ese trofeo, a partir de la nueva ley, 8 se quedaron en Europa.

Con su sucesor, el Mundial de Clubes, tras dos sorpresas brasileñas, solo el Corinthians pudo atravesarse gracias a un accesible Chelsea. Cuando tocan Barcelona, Real Madrid o Bayern Munich, la desigualdad es mayor que el océano que nos separa.

El comienzo de los duelos intercontinentales encontró al Real Madrid de Di Stéfano y Puskas. Luego a Benfica con Eusebio, los brillantes Milan e Inter, Manchester United de Bobby Charlton y George Best. En esa década Sudamérica se impuso 6-4, porque las figuras no se iban. El ejemplo más fuerte es el Santos con Pelé, que hoy habría emigrado en la adolescencia. Peñarol tenía a Alberto Spencer, el mejor de la historia de Ecuador, imposible de retener en estos tiempos.

El nuevo calendario de la Libertadores continúa hasta noviembre, invitando a que el campeón no se debilite antes de llegar al Mundial, como sucedió con Atlético Nacional y sus predecesores, mientras en Europa se reforzaban. El inconveniente es que en Sudamérica los planteles no resisten más de seis meses y abundan las emigraciones a mitad de año. No habrá claridad de con quiénes se cuenta hasta que el 31 de agosto se cierre el mercado europeo, capaz de atraer a cualquier figura que todavía resista.

Como el Pachuca, ocho clubes sudamericanos se imaginan en la final de Emiratos Árabes Unidos. River Plate, San Lorenzo, Gremio y Santos ya conocieron instancias similares, Lanús y Botafogo se apoyan en la historia futbolera de sus países, Wilstermann rompería todos los esquemas y en Ecuador quieren darle su sello al clásico del fútbol mundial: Real Madrid-Barcelona, pero de Guayaquil.

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