Los sabores de los goles

Edgardo Broner
Lunes 9 de abril 2018

La expresión “¡Qué golazo!” tiene distintas motivaciones en cada lugar en la que se pronuncia. La misma jugada observada sin la pasión de una camiseta puede generar admiración en unos e indiferencia en otros. Y alguna acción puede causar el efecto inverso.
La chalaca de Cristiano Ronaldo ante Juventus reavivó las discusiones sobre los mejores goles y los gustos diferentes. Cada tanto destacado genera expresiones particulares en los estadios y en los países a los que llegan esas imágenes.

El premio Puskas globalizó la elección de los preferidos, aunque la votación por internet tiene un público joven, con distorsiones como una causa nacional o continental llamando a sumar puntos a un jugador propio.

La Fifa llamó a votar en Facebook por el mejor gol de la historia de los Mundiales, armando una eliminatoria. Los adolescentes miran con asombro los videos del pasado, pero sus emociones tienen que ver con lo más reciente.

Así como cada país tiene sus propias comidas y gustos, las jugadas se disfrutan de diferente manera. En Europa se daba el mayor valor a los disparos potentes desde lejos, mientras en Sudamérica prevalecían las gambetas o el toque sutil, como un balón acariciado con maestría entrando despacito junto a un poste. Gustaba más que el que reventaba la red con más potencia que arte.

Las acrobacias siempre despertaron asombro, como las chilenas o las tijeras, con la placa en el Azteca por Manuel Negrete en México ’86. Arsenio Erico, el Paraguayo de Oro, y Alfredo Di Stéfano lanzaban su cuerpo hacia adelante para conectar el balón con los tacos generando ovaciones. Pelé le agregaba lo atlético a su magia.

Dejar en el camino a un defensor tras otro era un sello sudamericano, con su máxima expresión con Maradona ante los ingleses. Las leyendas insisten con obras mejores que la que se considera suprema. Los tatarabuelos hinchas de Independiente mencionaban un gol de Vicente de la Mata a River y los veteranos aseguran que la obra suprema de la Libertadores la firmó Ricardo Bochini ante Peñarol en 1976. Fue una apilada extraordinaria atravesando el campo de derecha a izquierda desde la mitad, desparramando defensores uruguayos. No hubo televisión porque los dirigentes creían que les quitaba público. Y las cámaras solo filmaron la definición.

En la medida en que los mejores fueron confluyendo en los clubes europeos se hizo más frecuente ser testigos de las jugadas que se veían solo cuando los visitaba el Santos de Pelé o los grandes equipos de América. Y la televisión mostró todo lo que había en otros lados.

Igual en Italia provocan fervor las grandes acciones defensivas, aunque tuvieron a Baggio y Totti, así como en Estados Unidos muchísimos niños quieren ser arqueros. Hay futbolistas nacidos en Brasil en decenas de selecciones, lo que le pone música a su identidad deportiva. Hoy en 200 países se ven los goles de Messi o Cristiano Ronaldo, con dos estilos tan efectivos como opuestos, valorados de manera diferente.

La Bella Jugada es un proyecto de la Fundación Scholas, en el cual los futbolistas dibujan su mejor obra y los niños la completan en un mural. Maradona y Negrete eligieron lo esperado, la mayoría pintó su acción más famosa. René Houseman, recientemente fallecido campeón de Argentina ’78, pintó una magnífica corrida en la que terminó pegándole mal y fallando. Pese a haber logrado tantos maravillosos, el crack privilegió la belleza por sobre lo numérico. Representó el gusto por el fútbol de barrio más querido.

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