La verdadera grandeza

Daniel Chapela
Lunes 23 de octubre 2017

Paco Jémez abrió la caja de los truenos. Tras la derrota de Cruz Azul en cancha de Lobos BUAP, el técnico español habló de grandeza. La que su equipo no tuvo para imponerse al rival y la que, interpretación mediática mediante, la institución ha dilapidado tras años de frustraciones y fracasos. Las sensibilidades azuzaron el debate y al entrenador, al que no le faltan adversarios gratuitos, se le colocó en la picota, dándole al asunto un giro que se acerca más a la polémica que a la sustancial discusión acerca del nivel de juego.

Es allí, en aquello que se vincula con el funcionamiento, los resultados, el estilo y la jerarquía donde Cruz Azul hipotecó su prestigio. Jugó su peor partido del campeonato en el momento en que más se le demandaba un golpe de autoridad. Cedió cuando el contexto le pedía un paso firme. Y, en la desbandada, no hubo un solo futbolista que pudiera salvar su actuación ante la debacle colectiva.

A Jémez se le discute más por sus formas que por su fondo. Su declaración apuntó directamente al orgullo de los jugadores. Sin señalarlos, los puso ante el disparadero buscando una reacción. Él, habituado a colocarse delante de las balas, sabía cuál iba a ser la consecuencia. La externa, lo debe tener sin cuidado. Pero la que se produzca dentro del vestuario, que en la semana que corre deberá medirse con América y Tigres, sí es sustancial. O aparece la motivación para sostener una idea y defenderla con uñas y dientes, o el proyecto se vendrá abajo una vez más y la liguilla lo tendrá como testigo y no como protagonista.

Nadie puede discutir lo que Cruz Azul representa para el fútbol mexicano. La sequía de títulos es una coyuntura. Grandes clubes pasaron por situaciones parecidas a lo largo de la historia. El legado, que se transmite de generación en generación, provoca que hinchas que jamás vieron dar la vuelta olímpica a sus colores apoyen fielmente desde las tribunas. Lo que le da dimensión a un equipo está vinculado con lo ganado, sí, pero sobre todo con la pasión y el sentimiento que los convierte en fenómenos sociales.

Si algo ha procurado Jémez, con mayor o menor acierto en la ejecución y apartando algunos deslices en su relación con los medios, es propiciar que su equipo se comporte futbolísticamente como un grande. Así lo demostró en los partidos contra el América, Pumas, Chivas o el duelo de Copa ante Tigres. Más allá de los resultados, que no fueron todos favorables, la Máquina tuvo personalidad, convicción y voluntad de imponer condiciones sin achicarse. De esa grandeza, y no de la vinculada al mito, es de la que habló el español.

Vendrán días agitados para Cruz Azul en estas semanas en las que se lo juega todo. Si el órdago que lanzó Jémez surte el efecto deseado, tal vez haya espacio para soñar. En la grandeza de los jugadores y en la capacidad del conductor para hacerla florecer, están las claves de la temporada. Con objetivos importantes por los que luchar, renacida la esperanza y de vuelta a la confianza, la diatriba sobre el tamaño de la institución habrá quedado como una anécdota.

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