La decadencia del origen

Daniel Chapela
Lunes 14 de agosto 2017

Barcelona logró en los más recientes años de su gestión institucional una hazaña que trascendió a sus logros deportivos de la última década: dilapidar un legado y desvirtuar un modelo de conducción que se convirtió en referencia universal. Paso a paso, decisión a decisión, el club se hizo tan dependiente de Messi como sus compañeros en la cancha, malbaratando una estructura y haciendo sinuoso un camino en línea recta que conducía a la consolidación de un ideario.

La magnífica generación de futbolistas que alumbró La Masía, reforzada con criterio para responder a un estilo único, cedió terreno a una política que, desde las oficinas, fue desmontando un andamiaje que parecía no tener fisuras. Los directivos no estuvieron a la altura del enorme desafío que llegaba como mandato supremo desde el césped. Las victorias, las hazañas de Messi, el éxito bondadoso y un tridente que marcó época, maquillaron la crisis interna y los desatinos. Mientras más trofeos levantaba el equipo, menos foco en sus dirigentes. Y así, a espaldas de aquello que los hizo célebres, fueron desarmando el rompecabezas.

El presente del Barcelona habla de un club que no mira hacia la cantera, que luce desorientado para reforzar al plantel, sin una dirección deportiva de peso que marque el rumbo y en clara minusvalía para competir en el mercado. Incapaz de sostener a sus figuras o de ser el foco de grandeza en el que se miren los mejores jugadores del planeta. No es un problema de caja. La realidad apunta más bien hacia otro lado: la mala planificación los coloca en una situación de debilidad respecto a sus competidores, con lo que cualquier cifra es insuficiente para comprar antes y mejor.

Las repercusiones están a la vista y se verán con más claridad en los tiempos por venir. Se puede enderezar el trayecto, pero para ello hace falta una refundación, un regreso a los orígenes que costará tiempo y triunfos. Porque asoman tiempos de sequía y un cambio claro en el trono local y europeo. El presente del Real Madrid pesa tanto como la propia coyuntura y habrá que tener el tino suficiente para reconducir mientras se convive con esta era de gloria del rival más enconado.

El desafío para Ernesto Valverde es enorme. Tendrá que convencer y reenganchar conceptualmente a un grupo de jugadores a los que también se les extravió el mapa de ruta. Ellos no fueron ajenos, en todo este trayecto, al desmoronamiento de la institución a la que representan. Suena a contrasentido cuando se habla de un club de las dimensiones del Barça, pero es que cuando los valores que hacen grande a un escudo se diluyen en la estupidez de quien debe marcar la línea a seguir, el mensaje habla de caos y no de armonía.

Lo que distinguió al mejor equipo que vieron los ojos de quien escribe, estuvo más fundamentado en el fondo que en la forma. Más allá de las manos virtuosas, con un genio excepcional a la cabeza, que tallaron la obra. O de la mente suprema que diseñó un contexto sobre el que todo ese talento fue elevado a un nivel de excelencia casi inalcanzable.

Hay una sensación de luto, de duelo futbolístico ante la extinción de un modelo que transformó al juego, que tuvo y mantiene una incidencia clara sobre entrenadores, propuestas y proyectos. Que hasta modificó nomenclaturas y el lugar desde donde mirar para quienes analizamos el fútbol en los medios de comunicación. Nada de eso cambiará porque fueron cambios profundos que llegaron para quedarse, pero no deja de resultar paradójico que ahora sea el origen de esa revolución lo que hoy esté en decadencia.

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