La carreta delante de los bueyes

Daniel Chapela
Jueves 29 de marzo 2018

La selección mexicana está enferma de indefinición. Extraviada, confundida y desnortada, pasó por la fecha FIFA dejando sensaciones preocupantes. Cuando algunos equipos celebran el buen funcionamiento alcanzado y la definición de una idea que transmite confianza e identidad, el Tri camina sobre las aguas movedizas del método de su entrenador.

Es muy llamativa la transformación que ha ido experimentando la imagen de Juan Carlos Osorio en los casi dos años y medio de gestión como técnico de México. Cuestionado por sus formas, siempre hubo margen para confiar en el fondo. Avalado por sus éxitos en Atlético Nacional de Medellín y un prestigio bien ganado en Sudamérica, al colombiano se le consideró un preparador de vanguardia cuyo aporte podría elevar el nivel competitivo de una selección que arrastra como una cruz el peso de su falta de trascendencia.

Al Osorio del presente se le ve con otros ojos. El debate sobre su figura pasó a un plano en el que el juego dejó de ser el centro de la discusión para pasar a un terreno tan confuso como su propio discurso. Sus últimos planteamientos y los argumentos esgrimidos para justificar sus decisiones, lo pusieron en un lugar donde solo importa su propio pensamiento. El personaje lo consume y sus jugadores están siendo arrastrados por esa dinámica.

Osorio parece regodearse en su propia obra. En un ejercicio que raya el egoísmo, es más importante barnizar de complejidad la propuesta que hacerla práctica y funcional para los futbolistas. México no juega bien, es cada vez más vulnerable y menos creativa, explota poco lo mejor que tiene y saca de contexto a aquellos que por características podrían aportar matices. Cambios para que nada cambie.

Más allá de lo que el propio Osorio se arrogue, son pocos los elementos que hayan sido mejorados por la mano del entrenador. Algunos, incluso, no han podido encontrar en su proyecto un espacio para destacar al mismo nivel que en sus clubes o han desaparecido de su órbita.

México solo sumó retazos de buenas actuaciones en un puñado de partidos. Poco para un proceso que ya debería estar consolidado. Con una generación talentosa cuyo núcleo compite en Europa, los parámetros tendrían que ser otros. Las estadísticas transmiten un mensaje claramente distorsionado: en los grandes torneos el Tri no estuvo a la altura, con algún descalabro mediante.

Los últimos ensayos, contra Islandia y Croacia, fueron una muestra de inconsistencia y escasa autocrítica. De nuevo, el discurso autocomplaciente y rebuscado para explicar lo inexplicable. La conducta que apunta a mirarse el ombligo, de espaldas a lo evidente.

Explicar lo que pretendió el entrenador dejó de tener sentido. Nada está por encima de lo que se ejecuta y allí están las imágenes para corroborarlo. Algo no anda bien si la carreta se pone por delante de los bueyes. El fútbol es y seguirá siendo de los jugadores.

COMENTARIOS