Entre el discurso y la ejecución

Daniel Chapela
Viernes 7 de julio 2017

Como si de una alegoría se tratase, Juan Carlos Osorio recibió una dura suspensión por parte de la FIFA luego de que su conducta, traducida en imprecaciones hacia los árbitros en el duelo por el tercer lugar en la Copa Confederaciones, le costara seis partidos de suspensión. Un discurso, fuera de su tono educado y comedido habitual, que lo dejó expuesto ante la opinión pública. Tanto como en la cancha la ejecución de su propuesta anduvo a contramano de sus dichos.

El entrenador no ha logrado, en más de un año de proceso, que aquello que pregona encuentre una interpretación idónea de sus dirigidos. Osorio expone de manera clara sus conceptos, lo que pretende de los jugadores y lo que espera del rival. Argumenta con verbo fluido la razón de sus decisiones y deja en claro todas y cada una de las vertientes de su idea. Incluso con las tan discutidas rotaciones, piedra filosofal de su modo de hacer como preparador.

Nadie duda que estamos ante un técnico de vanguardia, que aplica métodos de trabajo modernos, que se apoya en la tecnología y en cuanta herramienta que mejore su labor y proporcione soluciones ante lo que el juego plantea. Los futbolistas lo valoran y han hecho causa común alrededor de su conductor.

La gran traba, más allá de estadísticas que resultan irrebatibles, está en el funcionamiento. México no ha podido cuajar actuaciones convincentes, rendimientos con autoridad ante distintos tipos de oponentes y contextos. Domina la zona de la Concacaf, ha podido quebrar registros negativos históricos y tiene casi asegurada la clasificación a la próxima Copa del Mundo, pero su fútbol no acaba de fluir ni encontrar la excelencia que se le suponen a un conductor del prestigio de Osorio y a una generación talentosa, competitiva como ninguna, que sigue quedando a deber.

En la gran escena, como ocurrió con Chile en la Copa América Centenario o frente a Alemania en la reciente Confederaciones, el Tri fue claramente superado. Su nivel no alcanzó las cotas presupuestadas, capituló ante la exigencia y fue inhábil para encontrar respuestas ante desafíos de otro calado. La interrogante se abre ante el reto de encarar el Mundial Rusia 2018 y responder al salto de calidad que se le demanda. Externamente, a México se le atribuye un potencial que debe ser refrendado en la alta competencia.

Osorio, que no podrá dirigir desde el banquillo durante la Copa Oro 2017 pero cuya responsabilidad sobre el destino mexicano le será endilgada, tendrá que replantear la línea de conducción que ha seguido hasta el presente. Las rotaciones se entienden desde la búsqueda de flexibilidad y variantes, no como anulación de los especialistas. La interpretación de los roles idóneos para determinados elementos le dejó muy expuesto. Claramente, y en una lista de casos lo suficientemente amplia como para encender alarmas, equivocó la elección de los intérpretes y el lugar de la cancha donde explotar mejor sus condiciones. Volver sobre las bases, acomodar las piezas y darles continuidad aparecen como exigencias ante un entorno cada vez más demandante y crítico sobre su figura.

Para que el discurso y su ejecución tengan una relación armónica, Osorio tendrá que hacer coincidir su idea con las capacidades de sus jugadores. Ya los convenció desde la palabra. Falta que la pelota y el sentido común completen la ecuación.

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