En defensa del VAR

Rosa Beatriz Sanchez
Viernes 23 de junio 2017

Ante la mirada horrorizada de muchos, la tecnología por fin ha llegado al fútbol con una fuerza inusitada. El Video Assistant Referee se está haciendo presente en casi todos los partidos de la Copa FIFA Confederaciones. Y en la abrumadora mayoría de los casos, la experiencia resultó positiva y ayudó a los árbitros a tomar la decisión correcta en favor de la justicia deportiva.

Claramente hay mucha resistencia a aceptar el uso de la tecnología en el fútbol. Como en todos los órdenes de la vida, hay quienes se resisten al cambio. Entre los argumentos escuchados y leídos aquí y allá, podríamos mencionar: que se pierde fluidez en el desarrollo del juego, que se pierde emoción al postergar, futbolistas y relatores, un grito de gol convalidado o al ahogar uno que fue anulado; que la tecnología no puede ni podrá resolver situaciones muy dudosas; que se pierde mucho tiempo mientras se revisa la jugada en los monitores; y siguen las firmas.

Desde mi posición de consistente defensora de la incorporación de todos los elementos que sumen a la hora de asistir al árbitro en situaciones decisivas que pueden cambiar el curso y el resultado de un partido, donde usualmente hay mucho en juego, tengo más que claro de qué lado quiero estar en esta polémica. El árbitro es, supuestamente, un profesional formado y preparado para impartir justicia y de la manera más imparcial posible, pero también es un ser humano, con todas sus imperfecciones y limitaciones. Y la tecnología, nos guste o no, hace ya tiempo ha irrumpido en el fútbol a través de las cámaras de televisión que nos muestran en detalle hasta la composición química de una gota de sudor, mientras el pobre colegiado solo cuenta con un par de ojos propios y los dos pares de sus asistentes, dejándolos muchas veces expuestos al ridículo ante la evidencia de la televisión.

Con tanta velocidad en las jugadas y tantos pícaros y simuladores pretendiendo engañarlos para sacar ventaja, parece justo darles a ellos una herramienta más para minimizar errores. Y ni hablar de las decisiones arbitrales que levantan sospechas de dolo más que de error humano. Los ejemplos abundan, algunos de ellos escandalosos. Esto también quedaría muy acotado con el VAR.

Es cierto que la tecnología aplicada al arbitraje es manejada por seres humanos, que luego de ver detenidamente las imágenes, todavía serán los responsables de tomar la decisión, y, como en el caso de la pelea entre mexicanos y neozelandeses, el central simplemente optó por sacar una amarilla cuando la situación ameritaba al menos un par de expulsiones. Pero la tecnología no tiene la culpa de la decisión final del o los árbitros. Y la polémica no debería centrarse en la inutilidad del VAR sino en la incapacidad del hombre para impartir justicia ante la evidencia. En definitiva, estas polémicas no dejan de ser, en mi humilde opinión, la excepción que viene a confirmar la regla: la tecnología, tanto en el fútbol como en la vida misma, viene a sumar y no a restar. A ser una herramienta valiosa para que el fútbol sea más justo, más creíble, y por lo tanto mejor. Podrá no ser perfecta, pero definitivamente es buena. Se aceptan y entienden las quejas sobre la pérdida de fluidez y emoción. Pero poniendo en la balanza ventajas y desventajas, la tecnología, en todas sus formas, viene para quedarse. Y prometiendo un mejor futuro, al menos en términos de justicia deportiva, que no es poco.

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