El problema es conceptual

Daniel Chapela
Sábado 11 de noviembre 2017

México rindió un examen de exigencia ante Bélgica en Bruselas. Enfrentó a una de las cabezas de serie del Mundial, fuera de su zona de confort y obligada a ofrecer respuestas que la calidad colectiva e individual del rival colocaban de entrada en otro nivel. Fueron de distinto calado las preguntas que planteó el cuadro de Roberto Martínez y ante cada una de ellas hubo diferentes reacciones que le darán a Juan Carlos Osorio material suficiente para llenar su libreta.

El Tri compitió y tuvo carácter. Fue capaz de sobreponerse a la desventaja en el marcador y ofreció notas altas en el rendimiento de ciertos elementos. Mostró a un Hirving Lozano pletórico, reforzó la idea de que Andrés Guardado y Héctor Herrera son piezas indiscutibles en el mediocampo y reafirmó que, fuera de algunos errores puntuales, Guillermo Ochoa será el arquero titular en Rusia. El resultado fue un buen argumento para darle aire a la preparación hacia la Copa del Mundo y estabilizar un entorno siempre crítico y exigente.

Los primeros 15 minutos de partido fueron excepcionales y una muestra quizás de hacia dónde debe apuntar Osorio en la idea que persigue. La selección se plantó en cancha belga, presionó la salida y estrechó su bloque para recuperar la pelota rápido y a una altura que le permitía imponer condiciones. Estrechadas las distancias entre líneas, robar el balón constituía un ejercicio más posicional que de recorridos, favoreciendo la condición de muchos de sus futbolistas.

Las taras comenzaron a aparecer en el momento en que México extravió esos caminos iniciales. Una constante en el ciclo de Osorio, incluso en los encuentros en los que completó buenas actuaciones, ha sido esa inconsistencia para mantener elevados los picos de buen funcionamiento. Aparecen lagunas que por lo general se atribuyen a yerros individuales o desconcentraciones que deforman al equipo y lo hacen vulnerable.

El entrenador entrega material para la polémica con la elección de los ejecutantes y el énfasis en determinados nombres aleja el debate de lo que, conceptualmente, es un punto gris en su proceso. Convengamos que Diego Reyes no ofrecerá su mejor versión ubicado en el mediocentro –por características, no se desenvuelve con los atributos que requiere esa zona– y que el estado de forma de algunos defensores, por falta de continuidad en sus clubes, es una desventaja. Pero si desde la idea que se intenta interpretar hay notorias disonancias, habrá que concluir también que a Osorio le corresponden buena parte de esas responsabilidades.

La mayor vulnerabilidad de esta selección mexicana desde que la dirige el colombiano se centra, fundamentalmente, en la forma en que se defiende. Buena parte de las acciones de riesgo que sufre y de los goles que le anotan en partidos de exigencia, nacen de contragolpes del rival, en ventaja posicional, y casi siempre tras errores de precisión en la entrega y mal posicionamiento tras la pérdida de la pelota. Allí están para repasar los tantos de Chile en la Copa América Centenario, los de Alemania y Portugal en la Confederaciones o los que le anotó Bélgica en el estadio Rey Balduino (gráficas 1 y 2).

Gráfica 1
Gráfica 2

Ataque y defensa son dos elementos indisolubles. Se defiende mal si te ataca mal y viceversa. Y en ambos casos, hablamos de responsabilidades colectivas.

Osorio ha pregonado su intención de imponerse a los rivales con un juego de posesión y posición. De someter a los oponentes a partir de una propuesta donde la pelota determina el orden, la ubicación espacial y las intenciones. Pero todo esto requiere de acciones y movimientos, sin balón, que México no lleva a cabo convenientemente. O no lo hace, al menos, de manera sostenida.

Si México pretende armar su estructura con tres mediocampistas, dos extremos y un nueve, laterales que se desenvuelven a la altura de los volantes y una disposición permanente a imponer su autoridad con la pelota, requiere, forzosamente, de una acción inmediata que empuje el equipo hacia adelante bien sea para presionar o reducirle espacios a quien tenga enfrente. De lo contrario, las situaciones en las que tendrá que correr para atrás, con todas las desventajas para los defensores que eso conlleva, abundarán y acabarán marcando su destino.

Las preguntas que rodean al Tri deberían estar centradas, más allá de la elección final que haga el DT de los hombres que jugarán el Mundial, en aspectos como ¿dónde y cómo se quiere defender? ¿A qué altura quiere que esté su bloque? ¿Serán la presión, el achique de espacios y el manejo lógico de las distintas alturas para defenderse, elementos a pulir en los meses que restan?

Sin esas garantías funcionales, que México debe aceitar para que su funcionamiento alcance otros niveles y sus jugadores puedan sostenerse sobre una idea que los potencie, trascender en Rusia será solo una quimera.

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