El inicio de la decadencia

Daniel Chapela
Lunes 2 de marzo 2020

No es una aseveración que nazca de un resultado. La derrota del Barcelona en el más reciente clásico ante el Real Madrid fue un aviso más. Contundente, sí, por la magnitud del contexto, pero tan transparente como lo fueron las eliminaciones ante Roma y Liverpool en las dos últimas ediciones de la Champions League. O el propio transcurrir de la actual Liga, en la que el rendimiento azulgrana ha sido irregular, cediendo terreno ante rivales menores.

La decadencia tiene distintas aristas. La generacional es quizás la más obvia: buena parte de la grey que conformó uno de los mejores equipos de todos los tiempos está retirada o transita los últimos tramos de sus carreras. El Barça sigue sosteniéndose sobre apellidos ilustres, cuyos hombros cansados ya no soportan el peso de la historia reciente. Ni siquiera portando el apellido Messi, que sigue acarreando gloria, pero no alcanza para mantener en la cima del mundo a un club empeñado en autodestruir su prestigio.

El declive es también institucional. Los gestores del Barcelona exprimieron a sus grandes valores en la cancha, dilapidaron la identidad construida y debilitaron a un plantel que requería renovaciones fundamentadas en un estilo. Lejos de eso, las decisiones fueron horadando su economía, desvirtuando sus señas y manchando su imagen con escándalos y puestas en escena impropias de una institución que, hasta hace poco, fue referencia universal.

La contratación de Quique Setién fue una muestra más de la ausencia de rumbo. Con el Barça líder en la Liga, intentaron revitalizar al equipo retomando un modelo que desconocen y en el que no creen. El técnico llegó con su ideario a cuestas, pero no le dan los mimbres para hacerse una cesta a su gusto. Hay que retroceder mucho en el tiempo para encontrar una versión tan famélica de este Barcelona, al que es difícil imaginar con algún título al final de temporada.

Costará asimilar el ocaso de un equipo que modificó la historia del juego. La dinámica del fútbol demanda cambios constantes y aquel que no marcha al ritmo que impone, acaba cediendo terreno. El ejemplo ha sabido darlo el Bayern, siempre atento a las señales internas para renovar su grandeza. Es verdad que no tuvieron al mejor jugador del mundo vistiendo su camiseta, pero entendieron que nada es más fiable que una política de club coherente a partir de la cual definir las estructuras deportivas.

Messi tapó en la cancha muchos desatinos. Sus goles y actuaciones memorables le dieron aire a los mismos directivos que atentaron contra su futuro, empequeñeciendo al conjunto año tras año. El genio se hizo más grande que la lámpara y ya no alcanzan tres deseos para mantener la magia.

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