El día que descubrí al fútbol

Bryan Spira
Miércoles 25 de abril 2018

“¡Tito, Tito! Despertá a Matías”. Mi madre gritaba desde la cocina emocionada. Mi padre entró al cuarto y me consiguió despierto, con la albiceleste ya puesta, la de Messi.

No entendía mucho de fútbol. Solo sabía que en mi casa no importaba a quien invitaras a cenar, siempre y cuando fuera de Boca y no se perdiera un partido de la selección.

Recuerdo aquel día, aquel fatídico 13 de julio del 2014 que me persigue hasta hoy.

Dejé que la emoción invadiera mi cuerpo. La calle estaba llena de vida; todo el mundo sonreía disimulando los nervios, nervios que nos hacían sentir otra vez grandes. “Tenemos al mejor del mundo” se escuchaba. Otros murmuraban sobre el buen trabajo hecho por la selección alemana. Mi padre me decía que no los escuchara.

Volvimos a casa con el pan que nos había pedido mi madre para comer los chorizos. Todo listo y ya estábamos frente al televisor. Tito, como le decía cariñosamente mi madre a mi padre, no probó bocado. Los nervios se hicieron presentes. Él repetía en voz baja una frase que tardé 20 minutos en descifrar parcialmente.

“Ellos … un …; nosotros …”

Me distraía esa frase, quería un gol de Messi pero la final pasó a segundo plano. Intentaba leer los labios de mi papá hasta que me crucé con los ojos de mi madre. Esa mirada que me obligó a voltear nuevamente hacia el televisor y a no distraerlos. La Copa del Mundo estaba a un partido de distancia. Por fin, desde 1986, podía volver a ser nuestra.

Pasaron los minutos y yo me ponía cada vez más nervioso. Sabía que era importante lo que pasaba en el Maracaná aunque no lo entendía mucho.

Llegó el medio tiempo. Mi padre por fin le dio un mordisco a su comida, ya fría, y exclamó “¡Ellos son un equipo; nosotros solo tenemos a Messi!”

Vi el segundo tiempo de otra manera. Los alemanes llevaban la pelota de un lado a otro, tal y como nos pedía nuestro entrenador en el equipo del barrio.

Pasa un minuto y siento que han pasado horas. Estoy sufriendo porque por fin comienzo a entender.

Acaba el segundo tiempo y escucho a mi madre rezar por primera vez en mi vida.

Solo veo el cronómetro, no me fijo en más nada y de repente…

Silencio.

Veo hacia los lados y siento que se paralizó el mundo.

Como saben, no entendía el fútbol, no era algo que llamara mi atención. Solo lo utilizaba para pasar tiempo con mis amigos.
Hoy, con 17 años, agradezco a mi padre y a mi madre por transmitirme esa pasión. Aquel 13 de julio de 2014 no solo aprendí a amar a este deporte, aprendí que para ganar hay que jugar en equipo y no solo basta con tener al mejor del mundo. Aquel fatídico día aprendí lo que es el fútbol.

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