Dybala y Amarildo

Edgardo Broner
Lunes 12 de marzo 2018

“No ha tenido un buen partido Dybala, no la tocó. Ahí está Higuaín, que mete el pase para Dybala, atención, se viene Dybalaaaaa, goooool de la Juventus, lo hizo Dybala en la primera oportunidad que tuvo…”. El relator del encuentro en Wembley, donde el campeón italiano remontó un duelo que parecía perdido, analizaba cómo el delantero argentino estaba desperdiciando la visibilidad de ese duelo de Champions para convencer al técnico de su selección, que no lo ha convocado para los amistosos de marzo.

Por más que la transmisión generó videos irónicos por el discurso cortado, es cierto que había jugado mal y se notaba apático en el campo. A tres meses de Rusia 2018, la disputa por los últimos cupos en las listas requiere sobresalir. Y el talentoso número 10 ha tenido una relación incómoda con su camiseta nacional, entre lesiones, desatinos, declaraciones y su aparente tibieza, incompatible con el pretendido sello albiceleste.

Su aparición asombrosa en Instituto de Córdoba, cuna de Kempes y Ardiles, lo llevó a Europa sin escalas. Sus tres años en Palermo lo mudaron a Turín y se ganó a los hinchas juventinos, que gritan en promedio un gol suyo cada 180 minutos. Tras la euforia de Londres, convirtió los dos para ganarle a Udinese. El primero fue un tiro libre a lo Messi, en el segundo definió habilitado por Higuaín, con una sintonía que también le suma puntos rusos.

No estuvo en la Copa América Centenario para participar en los Juegos Olímpicos. Llegado el momento, no le permitieron ir a Río. Habilidoso, explosivo, definidor, ilusionaba que sumara esas características a un once necesitado de variantes y sociedades. Entre lesiones y una expulsión, jugó poco y no tuvo peso.

Una declaración confesando que no era fácil jugar con Messi generó una explosión desmedida. Se refería a cómo descifrar a un genio impredecible en una posición similar a la suya. Le corresponde a Sampaoli descubrir los lugares y movimientos para cada uno.

Siempre aparece el ejemplo del Brasil de 1970, en el que Zagallo logró compatibilizar a Jairzinho, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelino, encontrándole la posición a los cracks aunque fueran todos números 10. Hoy el fútbol tiene otra dinámica, pero el concepto sigue vigente. Y tiene que haber un plan alternativo por si se lesiona una figura.

Amarildo se hizo famoso en Chile 1962. Interesante delantero del Botafogo, desconocido fuera de Brasil, tuvo que reemplazar al lesionado Pelé en el tercer partido, clave para una clasificación comprometida. Hizo los dos goles para ganar y también convirtió en la final, permitiéndole al 10 ganar su segunda Copa sin haber participado en los juegos decisivos.

Argentina tenía un equipo extraordinario en Estados Unidos ’94, pero no se pudo reponer de la suspensión de Maradona. Al golpe anímico se agregó la dificultad de reemplazarlo, aun siendo su etapa final. Ariel Ortega fue el intento de Amarildo. En México ´86, Ricardo Bochini integró el plantel campeón y jugó sólo los últimos minutos de la semifinal. Estuvo en la lista por si le pasaba algo al capitán.

Francia padeció la lesión de Zidane en Corea y, aunque se mantuvo en el campo, el equipo no pasó la primera vuelta. En 2014 Brasil nunca fue sólido, pero con la lesión de Neymar se cayó de manera escandalosa.

En los partidos de marzo Sampaoli pondrá las calificaciones finales. Y Dybala podrá pasar la frontera en un segundo, como en el relato. Está en Italia, el país al que se fue Amarildo tras su Mundial. Busca el camino inverso.

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