Del VAR al BAR

Daniel Chapela
Jueves 12 de abril 2018

Las redes sociales redimensionaron la práctica periodística. Para bien y para mal. El concepto de inmediatez, utilizado para definir un valor comunicacional que describe a los medios, se transformó. El “decirlo primero” antes que “decirlo bien” ganó un lugar de preponderancia. La retroalimentación con la audiencia, panacea de teóricos y ambición de empresarios mediáticos, derivó en un batiburrillo donde se entremezclan la opinión experta con la voz del hincha, el análisis con el insulto, la información con el comentario de tribuna.

El penal sentenciado en contra de la Juventus que significó la clasificación del Real Madrid a las semifinales de la Champions League, fue una muestra clara de este profundo malentendido, cada vez más instalado en la conciencia social. Los canales de interacción ardieron. Fijar posición implicó ser ubicado en un bando y exponerse a la incontinencia verbal del otro. Sin espacio para el debate, la descalificación del calificado rozó el absurdo. Ni siquiera el ejercicio básico del buen periodismo de acudir a la fuente idónea sirvió como atenuante. Ante la idea prefijada, en la que conviven el descrédito y la sospecha, de poco vale que un ex árbitro internacional, con experiencia mundialista, aclare dudas y apele al reglamento como base argumental.

Algo no estamos haciendo bien para que todo esto se desencadene. En algún lugar debimos perder el norte. La frase manida “el fútbol es opinable” se puede aplicar a cualquier disciplina, pero no deja de ser una manifestación de ambigüedad. En cuestiones reglamentarias, en asuntos vinculados con la justicia, no debería serlo. Y quienes nos dedicamos profesionalmente a la labor periodística tendríamos que caminar sobre esas convicciones.

De la banalización de la información somos responsables todos los que trabajamos con ella. También de los contenidos que vertimos en las redes sociales. Contrario a lo que se piensa, el periodista implicado en estos nuevos medios es seguido por su condición, lo que implica que los valores éticos adheridos al oficio deben estar presentes en cada cosa que escriba. Hay una obligación a la que no se puede dar la espalda bajo el ardid del “espacio personal”.

La exposición pública de discusiones salidas de tono entre periodistas, o entre panelistas con permiso para ubicarse delante de las cámaras o micrófonos, contribuyó a traspasar los límites del buen hacer y el respeto. ¿Cabe esperar otro comportamiento del foro cuando del otro lado prevalecen los gritos, los señalamientos partidarios o la polémica inducida en prime time?

Ya dejó de ser importante si fue o no penal. En definitiva, el día a día lo engulle todo y en pocas horas estaremos instalados en cualquier otra diatriba que justifique la vejación y los malos modos.

Del VAR al BAR hay una distancia mínima. Convendría entender cuándo y en qué condiciones elegir ir a un sitio o al otro. Y asumir la diferencia.

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