Cuando la innovación deriva en esperpento

Daniel Chapela
Lunes 17 de julio 2017

Arte e innovación conforman una simbiosis indisoluble. El creador vuela en alas de su ingenio y espíritu libre. La obra, expresión tangible del pensamiento, no siempre encuentra eco en el espectador. A muchos el reconocimiento les llegó cuando ya no estaban aquí para disfrutarlo. Quebrar paradigmas conlleva riesgos, con el añadido que no toda ruptura con el orden establecido implica alcanzar la excelencia. Hay una línea que distingue al genio del atrevido.

Juan Carlos Osorio camina peligrosamente sobre esos márgenes. Incomprendido, a contramano del establishment, libra una batalla conceptual cuya representación lo expone ante la opinión pública. Su método es transgresor, no cabe duda. En el discurso, en las formas y en su interpretación. Con el resultado como aval, sostiene una manera de hacer cada vez menos ortodoxa. Las rotaciones son el foco de la atención mediática, pero es en la funcionalidad y en la elección de los ejecutantes donde el técnico ha centrado su ejercicio contracultural.

Conviene hablar de la puesta en escena porque es allí donde están todas las respuestas. Los tres partidos de la Copa Oro estiraron al límite los movimientos constantes de jugadores en distintas demarcaciones y obligaciones. Centrales que ejercieron de laterales o volantes interiores. Mediocampistas como extremos con perfiles intercambiables. Creativos pegados a la raya. Elementos en buen nivel de rendimiento sometidos a la incertidumbre de no hallar la continuidad necesaria en su juego. Decisiones que alimentan una discusión a la que le sobra polémica y le falta sustancia.

Lo primero que habría que decir es que México no juega bien al fútbol. Que la fluidez no aparece y la indefinición estilística deforma la propuesta. Sin continuidad, sin la opción de establecer sociedades por los cambios constantes, al Tri le falta empaque futbolístico. Algunos sellos distintivos en los albores de la conducción de Osorio han desaparecido o se han ido diluyendo. Lejos de ganar en solidez, la selección cae con frecuencia en la anarquía funcional y acaba enmarañada en su propia confusión.

Resulta curioso que Osorio defienda la flexibilidad del futbolista como leit motiv en su ideario y que al mismo tiempo sea tan rígido con su sistema. Salvo la variante de defender con línea de tres o de cuatro, la inalterabilidad de su estructura es un corsé que le pone a su equipo y que rara vez altera. Los cambios suelen ser posicionales. Con permuta de demarcaciones, sí, pero sin alterar el dibujo. El rival puede tener el control del partido o superarlo posicionalmente, que difícilmente las correcciones llegarán del lado del sistema. Los ejemplos sobran. El último: Curazao en el encuentro de cierre de la fase de grupos en la actual Copa Oro.

Con algún detalle preocupante. Contra Jamaica, México acabó jugando con cuatro delanteros y el equipo descoyuntado, partido en dos y desnortado, inhábil para generar situaciones de gol. No fue solo una mala presentación: Osorio desmejoró al equipo tras cada cambio y acabó convirtiéndolo en un adefesio, irreconocible incluso para sí mismo.

Sería una osadía cuestionar las capacidades del colombiano. Allí están algunos de sus éxitos y su rica formación para otorgarle el crédito que se ganó a pulso. Pero, como todo aquel que decide pasar el umbral de lo establecido, debe asumir las consecuencias de su atrevimiento. De momento, la innovación, aquello por lo que se le valoró cuando asumió y dio sus primeros pasos como entrenador de México, derivó en esperpento.

La historia pondrá, como en casi todo, las cosas en su sitio. El futuro dirá si a Osorio lo recordaremos como  una mente brillante que revolucionó el estatus quo o solo como un osado que quiso cambiar el mundo.

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