Cafetín de Buenos Aires

Edgardo Broner
Lunes 7 de agosto 2017

Muy pocos irían a un cine si tuvieran que hacer varias colas multitudinarias con empujones y policías a caballo acechándolos, pasar triples controles de seguridad en los que se les quitan objetos como pilas o paraguas, mirar muy lejos de la pantalla una película en general mala, parados, apretados de manera que los pies apenas tocan el suelo, con avalanchas y violencia latente, esperar media hora tras la función, salir llevado por la muchedumbre y notar que el transporte para regresar no aparece.

Cientos de miles de hinchas argentinos, todas las semanas, en esas condiciones, van a los estadios a ver a sus equipos. Y después de tantos padecimientos, esperan con ansiedad el próximo partido para repetir la aventura. “Si no se entiende que el fútbol es una pasión, no se entiende nada”, analizó Claudio Morresi, volante de Huracán y River, que pasó por Independiente Santa Fe y Santos Laguna.

La pasión futbolera del argentino fue pintada por el escritor Roberto Fontanarrosa: “Hay miles y miles que juegan al fútbol toda la vida. Es un juego muy bien pensado, atractivo, no es caro. Y de ese gusto, viene la identificación con una camiseta. Si hay una rivalidad cercana, eso alimenta la pasión. Está relacionado con una cultura que viene de muy lejos, porque desde que uno nace, escucha a los padres y a los abuelos hablar de jugadores, de partidos, de goles”.

Los clubes tienen historias de más de un siglo. Fundados por muchachos que jugaban informalmente, se convirtieron en el centro de reuniones en los barrios, cumpliendo una función social, con varios deportes e incluso colegios.

Tienen miles de socios, que pagan una cuota mensual de unos 20 dólares. Eso les permite ingresar a la tribuna popular, donde ven los partidos de pie, con mucha más gente que su capacidad, en contra de las indicaciones de la Fifa. En Boca y River no caben todos, por lo que se usan sistemas poco claros de reservas o se cierran las puertas cuando ya es imposible que entre alguien más.

Varias de las tribunas originales se convirtieron en plateas, con butacas que se pagan aparte. Los socios pueden comprar abonos y asegurarse un lugar para todo el año. Los precios siempre aumentan y la cantidad de partidos disminuye. Hasta hace poco cada estadio albergaba 19 encuentros por temporada, con visitas de todos los equipos. Para el torneo que comenzará este mes, solo habrá 13 o 14. Y recibiendo a dos o tres de los cinco grandes.

Los abonados en Boca se resignan a los aumentos y renuevan sus ubicaciones, porque perderían el lugar para siempre. Millones de boquenses no conocen La Bombonera y no tienen posibilidades de vivir un partido en sus gradas. El consuelo es el tour al estadio en la visita al Museo de la Pasión Boquense, de enormes emociones al recorrer el lugar soñado.

Decenas de miles ven los juegos en las tribunas y millones lo hacen por televisión. Para mirar el nuevo campeonato en las casas habrá que pagar una cuota mensual de otros 20 dólares, si se cuenta con el sistema satelital y el decodificador.

En Argentina ya se vivió una etapa así, con gente reunida en los bares que tenían la señal. En el tango “Cafetín de Buenos Aires”, la letra conmovedora de Enrique Santos Discépolo comienza “De chiquilín te miraba de afuera, como esas cosas que nunca se alcanzan, la ñata contra el vidrio …”. Los ventanales porteños volverán a juntar a muchísimos hinchas argentinos mirando desde afuera, lejos de la imagen, incómodos como en la tribuna. Y volverán entusiasmados.

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