Apuntes y borrones

Daniel Chapela
Domingo 25 de marzo 2018

No hay estadística que se resista en el ciclo de Juan Carlos Osorio como técnico de la selección mexicana. Los resultados siempre han sido su carta de presentación –y de defensa– ante la crítica. Números que no explican, sin embargo, la falta de jerarquía en los partidos determinantes o la brecha de funcionamiento que arrastra. La contundencia es una virtud que se potencia cuando el gol sirve de ardid para solventar las deudas de juego.

Su selección es, conceptualmente, contracultural: el trayecto del colombiano ha estado marcado por la búsqueda de una flexibilidad táctica a la que no respaldan entrenamientos sostenidos. Aquello que en un club se construye desde la repetición y el conocimiento diario de los jugadores, en un cuadro nacional la labor es mucho más ardua porque todo debe concentrarse en escasas sesiones de trabajo, con márgenes temporales amplios entre competencias.

De allí que la lupa en cada presentación de México, cuyo proceso a cargo de Osorio sobrepasa los dos años de servicio, haya que ponerla sobre la ejecución. Esto engloba disposiciones tácticas, estrategias, elección de los ejecutantes y la puesta en escena que, necesariamente, implica encontrar respuestas a lo que cada rival plantea. La flexibilidad remite a la capacidad de los futbolistas para adaptarse a diferentes funciones y, su éxito, al hecho de que la misma enriquezca el abanico de variantes para superar a los oponentes.

Ante Islandia en Santa Clara, Osorio replicó el esquema que utilizó ante el mismo seleccionado en febrero de 2017 en Las Vegas. Si bien se trataba de una fecha fuera del calendario FIFA, con planteles en ambos casos de la segunda o tercera guardia, la intención fue la misma. Funcionalmente: defensa en línea de tres, laterales-extremos, mitad de la cancha en rombo y un hombre de punta. Los nombres propios le dieron distintos empaques a la propuesta mexicana y obligaron a resoluciones más exigentes por el nivel de lo que tenía enfrente.

El balance global dejó aspectos positivos y negativos. Partiendo de lo complejo de encontrar funcionamiento con un equipo inédito, México contó con la eficacia como gran valor. Generó poco y su premio en el marcador fue jugoso. Apartando eso, dejó también actuaciones individuales destacadas que en algunos casos confirmaron sensaciones y, en otros, aparcaron las dudas sobre elementos que se presentaron en el Levi´s Stadium con la convicción de ganarse un lugar en la lista de 23 para Rusia 2018.

La consabida libreta de Osorio, que dio lugar al título del libro que habla de su método, debe haber quedado plena de observaciones en azul y rojo para resaltar virtudes y defectos de su equipo en el partido que lo midió a Islandia. Desde el ojo periodístico, estos podrían ser algunos de esos apuntes.

En tinta azul

Marco Fabián entró en ese grupo de privilegio. Su actuación ante Islandia fue descollante, interpretando como ninguno el juego interior ante una defensa numerosa y ordenada. Esa capacidad para encontrar el espacio y recibir perfilado le dan una ventaja que le permite explotar su remate de media distancia. Destrabó el partido con un tiro libre y aportó la dinámica que el resto de los componentes del medio sector apenas mostró.

Chuy Corona le disputó el podio de figura al hombre del Eintracht de Frankfurt y, en buena medida, la sola descripción de sus intervenciones explica lo duro que fue sostener el cero cuando mejor jugaban los islandeses. Nadie dudaba de sus enormes prestaciones, pero el arquero de Cruz Azul las respaldó con hechos.

Y Carlos Salcedo sobresalió en esa línea de tres zagueros dispuesta por Osorio, aportando un manejo sobresaliente del tiempo y el espacio. Comenzó jugando por la derecha y acabó en el centro, un movimiento que resultó vital para abarcar una zona más amplia a espaldas de sus compañeros de zona y de los propios laterales. El ex Chivas exhibió jerarquía y entendimiento del juego, valores inconmensurables para competir en el más alto nivel.

Los cambios mejoraron a México en el segundo tiempo, como pasó tantas veces en esta era. Las entradas de Hirving Lozano y Carlos Vela, en un contexto de partido en el que los espacios eran más amplios y el oponente había disminuido su potencial con las variantes introducidas por su entrenador, fueron esenciales para explicar la mejoría del segundo tiempo.

Chucky fue un estilete, ese jugador profundo que desniveló por los dos costados y resultó determinante en la acción del segundo gol (el primero de Miguel Layún) agrupando rivales por el centro y metiendo la pausa justa para dar el pase. Y Vela aportó la pausa, las sociedades por dentro, la activación de los circuitos de circulación. Con más o menos ritmo, siempre marca una diferencia desde su habilidad y criterio para moverse en franjas reducidas.

En tinta roja

La idea en Osorio es un concepto amplio que excede a esquemas y modelos Hay un estilo, una búsqueda, pero caminos diferentes para conseguirlo. Desde la premisa de imponerle condiciones al rival con un juego fundamentalmente ofensivo, el abanico de opciones es muy amplio. Tanto como los intérpretes. No se repiten formaciones, pese a que haya una base más o menos clara. El asunto radica en las funcionalidades y en lo que el técnico exige de sus jugadores: la maleabilidad para pasar de una demarcación a otra, lo que puede convertir a Layún en lateral por cualquiera de los dos perfiles, volante creativo o, como ocurrió ante Islandia, interior derecho.

El técnico insiste en su camino. Para él no hay una sola vía. No está en la repetición y en el establecimiento de hábitos el patrón que lleve a los suyos a alcanzar un funcionamiento reconocible. Se trata, de acuerdo a su ideario, de identificar lo que cada partido demanda en función de las características del oponente y que cada jugador elegido sea capaz de interpretar el rol asignado. Las piezas deben encajar y alcanzar sincronías aun sin la familiaridad que da la práctica constante. Un desafío mayúsculo.

Islandia planteó dificultades serias que el resultado final minimizó. Su bloque sólido apenas permitió licencias durante buena parte del primer tiempo. México no encontró caminos, no supo ser profundo ni por dentro ni por fuera. Con Layún alejado de su hábitat natural, Andrés Guardado sin la dinámica habitual y Diego Reyes en esa posición de cinco posicional que poco aporta en la construcción del juego, no apareció la fluidez ni el movimiento necesarios para desordenar a los de camiseta azul. Con la excepción de Fabián, las zonas entre líneas fueron de difícil tránsito para todos los del medio. Como consecuencia, los robos y las contras islandesas resultaron frecuentes.

En los costados, más de lo mismo. Obligados siempre a duelos mano a mano, ni Jesús Gallardo ni Tecatito Corona desnivelaron por las bandas. Al de Pumas le llegó poco la pelota en situación de ventaja, mientras que al del Porto, más buscado en los efectivos cambios de orientación de Héctor Moreno (“comportamientos repetidos”, como los definió Osorio en la rueda de prensa post partido) le faltó chispa y fue superado por sus marcadores.

Fuera de especular si un planteamiento como el de Santa Clara sería reproducible en alguno de los partidos que el Tri dispute en Rusia (cuestión que dependerá de los contextos), la duda quedará, como en todo este proceso, en con quiénes asumirá la empresa y si los elegidos serán capaces de llevarlo a cabo con niveles de funcionamiento óptimos. De allí que las incertezas y los interrogantes se ciernan sobre un entrenador que deberá responder, en el escenario de más alta exigencia que conoce el fútbol, si su método puede rendir frutos y que no hemos asistido a una muestra infructuosa de egoístas devaneos.

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